martes, 10 de noviembre de 2020


 

 

                              

 

                                                 Una siesta

 

Una tarde hermosa de primavera había un poco sol y una brisa suave.

Alicia estaba secando los platos, cuando terminó estaba busco una silla y la llevo al patio. Este era grande, con mucho césped recién contado. Se olía olor a césped, se sentó en la silla y se quedó dormida.

  En el sueño estaba recordando su infancia, cuando tenía 12 años, un domingo por la tarde con su madre lo llevo al parque, Alicia llevo una blusa color celeste como el cielo.

Alicia estaba contenta, alegre pasaron un día hermoso, da vuelta su casa se encontraron un vendedor de loro y lo compro uno, una nena  la mamá edad de Alicia, le dice:-   Mamá despierta Alicia se quedó ahí le dijo que lastima me despertaron se lloró por su querida su infancia.

 

martes, 12 de mayo de 2015




La Carta



En la mansión vivía el Juez Ricardo Otaño con sus familia: su mujer Carla, delgada, cabello largo y suave, de 46 años; sus hijas, Marcela de 16 años, rubia, de ojos claro, que cursa tercer años y Mabel de 10 años, que cursa cuarto grado, es alta y elegante como su padre.

Como todas las mañanas se levantaron, desayunaron en la cocina, el padre se fue primero y antes de salir les dio un beso a cada una. Ya en el auto pensaba que las iba a llevar de vacaciones. Llegó a tribunales.

Entró, caminó saludando a todos los que estaban ahí. Un lugar hermoso, como un reino, en las paredes, cubiertas de fina madera, colgaban cuadros de jueces de otros tiempos. En su despacho había muchos libros, dos sillones, en uno de los cuadros había un retrato de él. Sobre el escritorio había una lámpara antigua, una foto de sus hijas y su mujer y algunos papeles.

Se acomodó en su sillón y encontró un sobre que decía: “Para el Señor Juez, Ricardo Otaño. Tomó la carta y comenzó a leer.



08/11/2014

Señor Juez: Usted no me conoce, me llamo Víctor Bo, estoy en la cárcel de Devoto, me condenaron a cadena perpetua,

Le estoy escribiendo, entre estas cuatros paredes de mi celda. Ingrese en el años 2000. Era un hombre gordo, pesaba 100 kg. , ahora peso 60 Kg. Me condenaron por el delito de robo y violación.

Tengo 60 años, me deje barba, el pelo un poco largo y, lamentablemente, sucio ya que se pelean por ir a bañarse, debido a que hay pocas duchas. También hay un solo catre, que comparto con otro preso.

Señor Juez, usted se preguntará ¿Por qué estoy escribiendo esta carta? Por qué soy inocente, sí competí el robo pero no la violación. Esto es lo que sucedió.

Tenía 50 años, el pelo rapado, un cuerpo macizó y en esa época trabajaba de albañil. Había formado una familia, con dos hijos, que se llaman Darío y Juan. Una mañana de invierno la empresa nos informa que se fundió y todos quedamos en la calle. Pasaron unos meses y no conseguía un trabajo, busqué en el diario, la TV., la radio y todos los días del año… En el barrio ya nadie nos vendía la comida.





En ese momento el juez miró la hora, eran a las 20.30 hs. y cansado de leer, dejó una marca en la carta para después leerla y la guardó en un cajón de su escritorio. Tomó su abrigo y se fue su casa.

A la mañana siguiente, estaba en su despacho y retomo la lectura de la carta.



“Me decidí a robar y una mañana a pleno sol entré en una joyería muy chica, no había nadie, al lado del mostrador estaba una mujer de 30 años, ella me pregunto que quería y yo le apunté con una arma y le dije que me diera todo el dinero. Ella asustada, sacó la plata de la caja y me fui con mi botín. Ese es mi delito. Recuerdo que cuando me fui vi que entró un hombre a quién nunca llamaron para declarar.

Estuve detenido, y me hicieron un juicio donde me condenaron a cadena perpetua. Le pido señor Juez, me ayude, no quiero morirme en esta celda. Solicito revise mi causa.



Víctor Bo



Ricardo, terminó de leer la carta y decidió averiguar antecedentes este preso. Envió a la policía a buscar a la mujer del negocio.

A la mañana siguiente la interrogaron acerca de quien eran el hombre que entró después el robo. La señora llora, no quiere hablar y Juez suplica dija la verdad. Final mente dice que quien la violo su novio y que lo había ocultado porque tenia miedo.

La señora, avergonzada pide disculpas a Víctor.

El Juez buscó personalmente a Víctor y como ya se habían cumplido los años por el delito de robo, le dieron la libertad y salió de la cárcel como un pájaro se su jaula como un pájaro se su jaula. En reparación por la injusticia el juez lo ayudó y Víctor hoy tiene una hermosa panadería.



martes, 23 de septiembre de 2014

                                              Una historia con  medias

     


Una mañana al levantarse, entre las maniobras para desvestirse y  vestirse,
tomó las medias y un  recuerdo de su adolescencia  le trajo una carcajada
Juan tenía 15 años,  trabajaba de ayudante de albañil. También  estudiaba a la noche y por la tarde  iba a  jugar a la pelota con sus amigos a la canchita de la esquina. Un día se puso unas medias que  estaban  muy sucias y un poco rotas.  Unos meses se compró unas medias nuevas, con su primer sueldo.
Pensaba qué hacer con  sus viejas medias, ya que   le daba tristezas tirarlas.  Pensó,  pensó y recordando a su abuelo, se  hizo una pelota de trapo como aquella de colores brillantes con la que jugaba de niño y que lo llevó por camino del fútbol.

Hoy a los 56 años,  al despertar este recuerdo lo llevó hasta  su vitrina  donde estaban- junto a los trofeos de su carrera de futbolista-  sus queridas  medias  hechas pelota de trapo.  

martes, 5 de agosto de 2014


La plaza




Caminaba por la vereda mirando a la gente, hermoso cielo celeste y llegué a la plaza y me senté en un banco de cemento, que estaba un poco roto. Abrí una carpeta de dibujo, y comencé a dibujar los árboles con sus brotes crecidos.

Estaba dibujando, mirando a los niños que estaban jugando en las hamacas, el tobogán, la calesita. Había un sol que quemaba como un fuego mi tez y una brisa calida que me acariciaba. ¡Era un día perfecto! De pronto una señora se sentó mi lado, miró mis dibujos y conversamos a hablar amigablemente cuando ella me pegó con un palo en la cabeza.

Me desperté en el hospital, aun mareado, sorprendido ¿Por qué me atacó esa señora?

La médica me contó que la señora creyó que yo era su marido y como éste le pegaba, se quiso vengar. Esa mañana se había escapado del psiquiátrico.



¿Quién puso la bomba?






Era un día de lluvia intensa, en su casa estaba Raúl, que era médico veterinario. Estaba trabajando en su laboratorio con animales vivos y muertos. Quería construir un perro nuevo, cociendo las patas a un cuerpo de un ovejero, poniendo ojos y orejas, la cola… así armando el perro de sus sueños.

Nueve meses después, Raúl había logrado su perro ovejero alemán. Los vecinos estaban preocupados porque habían escuchado ladridos extraños, ruidos que no comprendían.

Una mañana el vecino Oscar vio a través de su ventana un animal que le era desconocido, que vagaba por su jardín. Sintió un miedo profundo.

Corrió al baño, se sentó en el indoloro y descubrió que no había papel higiénico, al mismo tiempo que se dio cuenta que había una bomba. No podía separar su cuerpo del artefacto porque la había activado.



¿Y ahora qué hago? No había nadie a quién llamar. Se quedo en silencio, esperando…

Ya era la tarde cuando llegó Claudia, la señora que hacia la limpieza en la casa de Oscar y se encontró con la sorpresa.

Corría, gritaba ¿Qué pasó? ¡Auxilio!

Más calma llamó a la policía que en pocos minutos llegó.

El Jefe de policía le avisó al escuadrón desactivador de bombas, que llegaron con herramientas y computadoras con la que, con cuidado extremo, detuvieron el conteo de la bomba.

Cansado y asustados festejaron que Oscar se había salvado.

Todos juntos en el sillón de living conversaban y la gran pregunta era ¿Quién puso la bomba? Y ¿Por qué?



Claudia dice:- fue el perro del vecino

Jefe la policía:- ¿El perro? ¿Usted, esta segura?

Claudia:-¡Sí!

El Jefe de policía, recorrió toda la casa, buscó huellas, rastros, que le permitieran descubrir la verdad.

Estaba buscando en la casa de Oscar y se encontró con unas huellas, que siguió y lo llevaron a la casa de Raúl. Entró y vio lo que había sucedido: había armado su perro robot.

Raúl:- ¡Si, es verdad! ¿Cómo lo supo?

El Jefe de policía relató lo que sucedió:-Encontré la sangre en el jardín, la analicé y descubrí que una pertenecía al perro y otra a su vecino. Oscar había ahorcado al animal ¿Por qué? Estaba cansado de que le ensucie el jardín y ya había secado un árbol de peras que él había cultivado desde pequeño.

Raúl había encontrado a su perro muerto en el jardín y se lo llevó a su laboratorio para hacerlo como un robot y en venganza, lo envió a colocar la bomba.



Terminó de llover, a Raúl lo llevaron detenido, Oscar y Claudia festejaron con papel picado.







miércoles, 18 de junio de 2014

                            Amor a orillas del  río



Morel Imoff estaba caminando en la terraza  de su  edificio, paresia un zombi. Llegó al borde de la cornisa,  subió sus brazos al cielo y se dejó caer.

Cuando  tenía 17 años cursaba el primer año. Una mañana, mientras la maestra daba la clase, entró  una mujer  bonita, con un  hermoso cuerpo, y se sentó
detrás de su  banco.   Sintió  su perfume y  un temblor recorrió sus venas.
En el patio de la escuela, ella se sentaba debajo de  un ombú. Un día  él se  acercó y le preguntó si podía sentarse con ella. La joven dijo que no.
 Insistió tanto  que finalmente aceptó, pero no pudieron hablar porque sonó  la campana y ella se levantó muerta de  risa, se  fue corriendo; mientras él la perseguía y le decía:-“¡Me llamo  Morel, queres  salir conmigo”! Entre risas, miradas y corridas ella gritó su nombre “¡Julia! Y moviendo la cabeza dijo que si” 
Empezaron a salir juntos por la vida. Julia  vivía en  una casa humilde,  en la orilla del  río y éste fue testigo de ese amor: caminaban  al atardecer, navegaban entre islas y se dormían con el arrullo del río.
Se casaron, vivieron  muchos años y si bien no tuvieron hijos, viajaron por  Europa, por América de Norte; escalaron el Aconcagua y convivieron con comunidades mapuches. Una vida llena de aventuras.
Julia tenia 50 años cuando  los médicos le descubrieron un   cáncer, que le dejaba pocos  meses de vida.
Médicos. Análisis.  Quimioterapia. Dolores. Morfina. 
Una mañana de agosto, con un sol tenue, Julia se fue  al país del nunca más.

Morel  estaba mal, no quería hacer nada, sentía un dolor denso en el pecho. No soportaba vivir con tanto vació   y un atardecer se fue   como un ave  con la ilusión de encontrase con Julia.

martes, 13 de mayo de 2014

Juego




Una mañana brillante de sol.

Un caserío de techos que brillaban como alhajas.

En una de esas casas, una señora estaba mirando por la ventana. Estaba muy arreglada, para salir y su casa también, limpia como un espejo.

Vivía allí desde que nació.

Contemplaba la calle mientras recordaba que de niña jugaba en la vereda con sus amigos. Ahora, no hay nadie, pensó, porque los niños están fanatizados con la computadora, el celular…

Los recuerdos se amontonaban, jugábamos en la vereda al gallito ciego, zapatito de charol, la popa mancha, la rayuela; ¡1, 2,3 cigarrillo 43!, la escondida… Éramos cinco amigos, de 6 y 8 años, nos divertíamos muchos, nos sentíamos alegres.

Levantó su mano y miró la hora, eran a las 10, cuando una voz interrumpió su pensamiento – “Señora, ya vino el remis”

La mujer con un gesto le dijo que espere un momento, no quería abandonar esa sensación de infancia. Luego dio media vuelta y partió. En el camino decidió proponer una ley para que todos los chicos puedan jugar libremente en la vereda.

En el remis la radio comunicaba que “La intendenta de la ciudad de Rosario llegó a la Casa de los Leones a las 10,30 en una mañana de brillante de sol”.